No es nada nuevo decir, en la actualidad, que vivimos en un universo audiovisualizado. Hoy, imágenes y sonidos exigen la atención de los investigadores por ser innumerables los sucesos que en lugar de ser descritos, enumerados o narrados son ahora fotografiados, grabados o filmados para la posteridad1. Ello ha permitido que se amplíe a los estudiosos el mundo informativo, limitado anteriormente a la palabra escrita.
Este cúmulo de materiales gráficos y audiovisuales, sin embargo, no representa en ningún momento una fuente de conocimientos menos complicada que el documento escrito, ya que al tratarse de lenguajes o códigos distintos se requiere otro tipo de lectura y, por ende, el dominio de la “gramática” adecuada.
Esta situación ha llevado a muchos interesados en este campo, la mayoría de ellos provenientes de las diferentes ramas de la comunicación social, la sociología, la psicología y los estudios de arte, a formular métodos y estrategias que sirvan de instrumento para su comprensión y utilización.
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