No es nada nuevo decir, en la actualidad, que vivimos en un universo audiovisualizado. Hoy, imágenes y sonidos exigen la atención de los investigadores por ser innumerables los sucesos que en lugar de ser descritos, enumerados o narrados son ahora fotografiados, grabados o filmados para la posteridad1. Ello ha permitido que se amplíe a los estudiosos el mundo informativo, limitado anteriormente a la palabra escrita.
Este cúmulo de materiales gráficos y audiovisuales, sin embargo, no representa en ningún momento una fuente de conocimientos menos complicada que el documento escrito, ya que al tratarse de lenguajes o códigos distintos se requiere otro tipo de lectura y, por ende, el dominio de la “gramática” adecuada.
Esta situación ha llevado a muchos interesados en este campo, la mayoría de ellos provenientes de las diferentes ramas de la comunicación social, la sociología, la psicología y los estudios de arte, a formular métodos y estrategias que sirvan de instrumento para su comprensión y utilización.
El interés que suscitan estos medios ha llegado a manifestarse también en disciplinas científicas diversas. Un ejemplo lo tenemos en la Geografía Histórica, que analiza las variaciones del paisaje, sus transformaciones y mutaciones, para lo cual necesita de un medio como el fotográfico, que fije el antes y el después de los procesos que investiga.
Ya concretamente en el terreno de la Historia, el empleo de estos materiales permite enriquecer los trabajos, posibilita además la complementación y comparación de las diversas fuentes, lo cual conlleva a obtener conclusiones más certeras, globales o por lo menos que se acerquen más a la compleja realidad estudiada.
Ningún conflicto bélico del presente siglo podría analizarse sin tomar en cuenta el profuso material iconográfico existente.
El documento escrito debe ser contemplado conjuntamente con los programas televisivos sobre el tema tratado, las fotografías captadas en el desarrollo del mismo, y las películas, todo lo cual puede aportar elementos constitutivos del ambiente que difícilmente podrán ofrecer los materiales escritos.
Al respecto, Marc Ferro ha escrito Historia y cine, libro editado por Gustavo Gili, S.A., en 1980. Después de largos años dedicado al estudio de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Soviética, Ferro confronta estos momentos históricos con una numerosa filmografía que trata de o sobre ellos, desglosando los elementos ideológicos que expresan y proporcionando algunas técnicas para su estudio histórico.
Dentro de los aspectos que contempla Ferro destaca por su importancia la manera como él afronta “la crítica de la autenticidad” del documento mencionado, en un proceso tan riguroso como los que se emplean en las fuentes escritas. En el caso de la imagen fotográfica, encontramos que desde el mismo instante en que François Aragó, en nombre de Francia, dona el invento al mundo (1839), junto al temor de los pintores de perder su hegemonía en la captación del universo, surge el mito de su exactitud, defendido aún por algunos.
El hecho, casi mágico, de que la figura de un ser humano, animal, vegetal o bien un objeto o paisaje sea reproducido tal y como se aprecia en la vida cotidiana es uno de los argumentos que se esgrimen en pro de la supuesta objetividad de la técnica. También sustenta esta afirmación el hecho de que el hombre sólo interviene, aparentemente, en el procedimiento de la fotografía, operando un mecanismo, lo que supuestamente representa una escasa participación de éste, desde el punto de vista creativo y personal.
El hombre sólo interviene, aparentemente, en el procedimiento de la fotografía, operando un mecanismo, lo que supuestamente representa una escasa participación de éste, desde el punto de vista creativo y personal
Pero así como en la historia se reconoce la imposibilidad de llevar a cabo estudios que sean totalmente imparciales, ya que desde el momento en que se seleccionan el tema, las fuentes, la etapa cronológica y el espacio físico a estudiar, se está respondiendo a motivaciones ideológicas, conscientes o inconscientes, del mismo modo, en la fotografía será imposible una actitud neutra, ya que el fotógrafo atrapa con su lente una realidad fragmentada en el tiempo y en el espacio.
Él selecciona modelos o protagonistas, momentos, expresiones, encuadres y la iluminación, además de recurrir en muchas oportunidades a las numerosas e interesantes técnicas de trucaje o fotomontaje que pueden crear situaciones ficticias, inducir a interpretaciones parcializadas, así como destacar o disminuir la importancia de un personaje.
La misma actitud analítica que el estudioso muestra en relación al documento o la fuente escrita en general, el mismo rigor y esmero, deberán ser empleados en el estudio de los materiales gráficos.
Queremos dejar en claro que cuando hablamos de las propiedades y limitaciones de estas técnicas y de su importancia como fuentes del registro histórico, no pretendemos despreciar o dejar de lado otras funciones de la fotografía, el cine o la televisión, ni intentamos encuadrarlas en la categoría de simples instrumentos de otras disciplinas.
Lo que pretendemos es señalar y defender su valor como lenguaje, arte y medio de comunicación, pero teniendo en cuenta que es inevitable que tratemos de utilizarlas extrayendo de ellas los mensajes que muchas veces, en otro tipo de estudios, no han sido percibidos o expresados a cabalidad y aparecen en estos claramente reflejados.
1 Para el momento de ser escrito este artículo Internet se hallaba en sus inicios y no existían las redes sociales. Hoy habría que incluirlas como elementos para el estudio de la historia (Nota del editor).
Este artículo fue publicado originalmente en el diario EL NACIONAL, 19/04/1981, pág. A–6. Caracas, Venezuela.
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