Las manifestaciones artísticas y culturales del país, dentro de las cuales se cuenta la fotografía, siempre han estado ligadas al acontecer económico, tanto en lo que respecta al mercadeo de sus materiales y obras terminadas, como a los personajes que han figurado en ella.
Hasta su masificación –es decir, hasta que cualquier persona pudo tomar imágenes o aparecer en ellas–, la casi totalidad de los retratados pertenecía a los grupos poderosos de la economía. Los restantes sólo se hacían dignos de estar ante una cámara si se les consideraba una curiosidad viviente: por ejemplo, personas muy altas, muy pequeñas, con alguna deformidad o gran belleza.
En el último cuarto del pasado siglo XIX y en las primeras décadas del XX no nada más fueron objeto del lente los negociantes, sino también los locales comerciales, especialmente cuando la prensa pudo reproducir las fotos. Tal actividad, que ahora denominamos publicitaria, era muy apreciada por los comerciantes, aunque no por los fotógrafos, que en modo alguno se preciaban de realizar esa labor.
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